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Miradle, ahí, tranquilamente,
durmiendo ya está
para siempre descansando
en la morada de la eternidad.
Qué paz refleja su cara,
ni se le oye roncar
pues en una noche como esta
Dios se lo fue a llevar.
Lo vi por última vez
en su cajita de cristal;
fue tan triste mi pena
que ni siquiera pude llorar.
A veces lo recuerdo paseando
por la casa en la oscuridad,
entonces le hablo, divagando:
"¡duerme tranquilo, Papá!"
En el silencio de la noche
oigo gritos que no sé explicar,
veo fantasmas que me envuelven
haciendo mi sueño turbar.
O una voz suave y dulce
unas veces, y otras infernal
me hablan al oído contándome
esto, que es la pura verdad:
(CANCIÓN DE LA MUERTE)
Débil mortal, no te asuste
todo de lo que de mí se dice.
que yo lo único que hice
es el curso de la vida completar.
Ni me importa si es pequeño,
si es bebé, maduro o anciano
yo del pescuezo o de la mano
conmigo lo he de arrastrar.
De nada les sirve su fama
ni el éxito que allcanzan,
como locos se lanzan
todos tras la gloria en pos.
Mas ellos contra mí chocan,
todas sus alegrías cesan,
y en mi reino ingresan
por más que imploren a Dios.
Mal de mí siempre se habla,
pero yo otorgo el descanso
a quien sufre, y amanso
para siempre su dolor.
¡Qué cruel sería la vida
si tras tanto sufrimiento,
tanta miseria y tormento,
hacia mí no hubiera corredor!
Hay gente que me ayuda,
que mata ora por defenderse,
ora para bien enriquecerse,
ora simplemente por placer.
Me los envían por decenas
a veces incluso a millones,
pero no saben, pobres bribones,
que ellos también han de caer.
Yo soy como algo maldito,
tengo la imagen de la Parca,
por infierno ven mi comarca
y ni mi nombre osan pronunciar.
Mi casa son los cementerios,
donde hablan con sumo sigilo
y la gente murmura en vilo
una oración al caminar.
Crean sus dioses los humanos
con sus imaginarios credos,
ocultando todos sus miedos
en Buda, Jesús o Alá.
Son inútiles sus religiones,
su cielo o su infierno,
pues TODOS bajo mi gobierno
al final a parar van.
Tu camino ha sido triste,
para ti la vida ha sido dura
y no la miel sino la amargura
sólo probaste, sólo la aflicción.
Ven a mí, cerraré tus ojos,
reposa en mí tu cabeza,
yo disiparé la tristeza
de tu herido corazón.
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Miro en la ventana la lluvia
que cae y cae sin cesar;
van pasando tan rápido los días
que parece que el tiempo te olvido ya.
Mas por doquier veo su cara,
caminando por la casa tan
lento, como si el alma le pesara
y quisiera un descanso sin final...
A veces hablo con él, divagando:
"Deja, por favor, ya de caminar,
vete al sepulcro de tu cama
pues en ella la paz hallarás".
¡Y descansa ya! Miradle ahí
ni se le oye roncar
pues en una noche como esta
Dios se lo fue a llevar.
Fue tan dolorosa su partida,
tan intenso y amargo el pesar,
fue tan triste mi pena
que no siquiera pude llorar.
Lo vi por última vez
en su cajita de cristal;
¡ya está durmiendo por siempre
en la morada de la eternidad!
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