
[font=Comic Sans MS]UNA EXTRAÑA EXPERENCIA
Mayo 6-10 de 1998[/align]
Con los ojos cerrados y sin querer abrirlos, trato de recordar, donde me encuentro, pero algo en la memoria, como una barrera de olvido lo impide. Tampoco puedo saber quien soy yo.
No escucho ni ruidos, ni sonidos. Sólo mi suave respiración me hace entender que soy la única persona viva, si a vivir se le puede decir al estado comatoso en que me hallo. No percibo frío ni calor. Mi cuerpo no tiene peso, parece flotar, levitando en el espacio. Una infinita paz invade mi espíritu.
Por entre mis párpados cerrados se filtran reflejos de luz. Vivo el instante ignorando dónde y por qué. Al no escuchar a nadie a mi alrededor, me siento muy sola, y tengo la impresión de que acabo de llegar de alguna parte. Pero ningún sentimiento de tristeza o de nostalgia me conmueve. Tengo más bien, una sensación de ausencia que me hace pensar que no estoy en ningún tiempo.
Abro los ojos, con lentitud. Estoy en un espacio de paredes blancas, cuyos objetos no identifico. No reconozco el lugar. A la izquierda por una gran puerta abierta, que ocupa casi toda una pared, entra la desvaída luz de un día invernal. Me dirijo hacia allí y como si caminara en el aire me acerco hasta el umbral.
De repente, esa luz empieza a brillar con más intensidad iluminándome, dándole a mi cuerpo una calidez, muy diferente a la que produce el sol. Al fondo, en el vacío, puedo ver una ciudad de edificios altos y transparentes, como si fuesen de cristal, terminando cada uno de ellos en cúpula, de donde se desprende esa luminiscencia que me deslumbra.
De pronto empieza a llover. Las gotas de lluvia parecen laminitas de hielo que desdibujan los edificios y los convierte en raras figuras que no puedo definir. Por la rapidez con que se mezclan unas con otras, forman franjas de colores muy claros. Luego al pasar sobre la cima de unas figuras, que parecen montañas nebulosas, forman caminos, uno sobre otro, en una intensa y fantástica degradación de tonos entre blanco, rosa, violeta y azul.
A mi alrededor una neblina o bruma blanca se mueve, alternando con otras masas similares, pero de diferentes colores, al unirse se desprenden nuevas nubes que se alejan y se pierden en el infinito.
No sé realmente el tiempo que permanezco en la contemplación de este fenómeno impactante, que me llena por completo de una inusual tranquilidad; algo que nunca antes había sentido.
Súbitamente los recuerdos van llegando, lentamente, sin esfuerzo alguno, de la misma manera que el paisaje se va desintegrando. Empiezo a descender. La conciencia me llega completamente. Mis párpados están cerrados, y me extraña, pues no recuerdo haberlos cerrado en algún momento. Huele a desinfectante, a hospital. Es un olor que entra por mi nariz y se riega por mi cuerpo, quedándose en él.
Al abrir los ojos, me doy cuenta que aún permanezco en el cuarto de cuidados intensivos de la Clínica Las Américas. Una enfermera da vueltas por la habitación. Su incesante movimiento ocupa todo el espacio y demanda un poco de interés de mi parte. En mi boca, el acre sabor de la sangre me recordó las circunstancias por las que me encuentro allí. Una dulce tristeza me invadió al ver cómo me preparan para llevarme al quirófano. Me pongo en las manos de Dios cuando ingreso en él.
Me contaron luego, quienes estuvieron a mi lado, que en algún momento, me había sumido en un profundo sueño, sorprendiendo mucho a los médicos, que en vano trataron de reanimarme. Regresé a la conciencia días después, con otra oportunidad para vivir.[/font]

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